
La consecuencia irremediable y tantas veces repetida de la teoría kantiana es la distinción entre la cosa en sí y el fenómeno. Al intelecto sólo se presentan los fenómenos y la cosa en sí permanece rezagada, alejada de nuestro intelecto. La matemática estudia propiamente estos fenómenos. Espacio y tiempo son las condiciones a priori de la realidad y de la universalidad de la matemática como ciencia. Eusebi Colomer en su obra El Pensamiento Alemán de Kant a Heidegger
[1] insiste en que este tipo de juicio, en apariencia contradictorio, y la idealidad del espacio y tiempo, es un alto precio que se ha tenido que pagar por justificar la universalidad de una ciencia como la matemática, y a la cual Kant siempre tuvo predilección, pero tal conclusión del planteamiento kantiano no puede sino echarse abajo cuando ella es llevada a ámbitos distintos a los de la matemática euclidiana
[2]. Lo que permite la unión entre el conocimiento matemático (geométrico) y el modo en como percibimos la realidad es que tanto el conocimiento matemático, como nuestra percepción de la realidad es bajo las mismas categorías a priori (tiempo y espacio).
En esta misma obra, Colomer dirige tres críticas al planteamiento kantiano, la primera ya fue mencionada y las otras dos son las siguientes: “Es claro que en este sentido la cosa en sí es inalcanzable para nuestro conocimiento. En el momento en que la alcanzamos, ya no es más la cosa en sí, sino la cosa en mí […] Kant introduce en esta innegable relación cognoscitiva un matiz equívoco. Se da por supuesto que las condiciones a priori de la facultad se interponen entre lo dado y el sujeto que lo recibe. En consecuencia, lo que se muestra en la conciencia ya no es únicamente la «cosa en nosotros», sino más exactamente «la cosa para nosotros» encubierta y modificada por nuestras estructuras cognitivas”
[3]. En esta crítica se señala, según Colomer, la relatividad del conocimiento sensitivo en la que incurre Kant al hacer la distinción entre fenómeno y cosa en sí; para Colomer el conocimiento adquiere un matiz plenamente subjetivista, el conocimiento de los sentidos se vuelve una apariencia ilusoria de las cosas en sí, que por la idealidad del espacio y del tiempo, al igual que de las otras categorías del entendimiento el mundo sensible se transforma en una ilusión subjetiva y arbitraria.
Esta crítica no presenta novedad alguna, ésta misma ya había sido planteada por contemporáneos a Kant después de la publicación de la Crítica de la razón pura, a estos responde en sus Prolegómenos, específicamente en la Observación III
[4](Anmerkung III) de la Primera Parte de la Principal Cuestión Trascendental: ¿Cómo es posible la matemática Pura? En ella dice que cuando nos es dado un fenómeno tenemos la libertad a partir de ello como queramos, pero el juicio emitido sobre la cosa no es una labor de los sentidos, sino del intelecto, lo cual hasta ahora no presenta mayor problema, Kant afirma algo que ya había afirmado Aristóteles, “[…] la apariencia ilusoria no puede imputarse a los sentidos, sino al entendimiento, sólo al cual corresponde pronunciar un juicio objetivo a partir del fenómeno”
[5]. Los sentidos nos aproximan al movimiento y a las cualidades objetivas de las cosas, el idealismo kantiano al que prefirió llamarlo crítico , no es un idealismo al modo de Descartes, él nunca pone en duda la existencia de los objetos, no es tampoco un empirismo a modo de Berkeley, en el que lo único consistente son nuestras propias sensaciones, la realidad posee una dimensión objetiva la cual también es condición de nuestro conocimiento, “En consecuencia, toda percepción externa demuestra inmediatamente algo real en el espacio, o más exactamente, es lo real mismo y, en tal sentido, el realismo empírico esta fuera de toda duda. Es decir, hay algo real en el espacio que corresponde a nuestras intuiciones externas”
[6]. Kant no niega la realidad, piensa que el hecho de que haya un cogito sólo es posible bajo la condición de que haya una experiencia directa del mundo externo. Kant llama a su doctrina: idealismo trascendental, para distinguirlo de cualquier otro tipo de idealismo, específicamente el idealismo de Descartes y de Berkeley, para Kant la característica principal de este tipo de idealismo es que en él el mundo corpóreo se somete a duda y su demostración es ardua, Kant parte del hecho mismo de que el entendimiento posee su origen en las sensaciones, las cuales no poseen otra fuente más que la realidad misma, “Pues este idealismo que yo he llamado así no se refería a la existencia de las cosas (la duda acerca de la cual constituye propiamente el idealismo en sentido tradicional), pues nunca se me ocurrió ponerla en duda; sino que se refiere solamente a la representación sensible de las cosas, a la cual pertenecen, por sobre todo, el espacio y el tiempo…”
[7]
El hecho de que el espacio sea condición subjetiva de la realidad, no es en el mismo sentido en que podemos llamar subjetivas a las diferentes percepciones sensibles. Solamente lo que es intuido en el espacio y tiempo tiene lo que Kant llama validez objetiva. El espacio tiene por lo tanto realidad empírica, pero no es “real” en el caso de la cosa en sí, recordemos que bajo el planteamiento kantiano, el uso de las categorías a priori junto al dato sensible es el único modo para hablar de una verdadera objetividad, sólo bajo tiempo y espacio se puede lograr una objetividad plena. El error consiste, según Kant, en considerar a las cosas, como cosas en sí mismas y adjudicar al tiempo y al espacio una constitución real: “Pero si me atrevo a ir con mis conceptos de espacio y tiempo más allá de toda experiencia posible, lo cual es inevitable si lo doy por modos de ser propios de las cosas en sí mismas. Entonces puede surgir un error grave, que se basa en una apariencia ilusoria, puesto lo que era una condición inherente solamente a mí sujeto, válida seguramente para todos los objetos de los sentidos, y por tanto para toda experiencia posible, lo di por universalmente válido, porque referí aquellos conceptos de espacio y de tiempo a las cosas en sí misas, y no los limité a condiciones de la experiencia […] El fenómeno, mientras se lo usa en la experiencia, produce verdad, pero en cuanto traspasa los límites de la experiencia y se vuelve trascendente, no produce sino mera apariencia ilusoria”
[8]. Kant pretende con ello hacer notar el único medio de asegurar la aplicación de los conceptos a priori a cosas reales, para impedir la ilusión trascendental, la que según Kant, siempre ha sido el motivo del fracaso de la metafísica.
La segunda crítica que Colomer señala es la siguiente: “[…] Kant, sin embargo, rompe esta neutralidad crítica y parece dar por supuestos que en el fenómeno la cosa aparece «otra» de lo que es. En consecuencia, el concepto de fenómeno adquiere un matiz inequívocamente peyorativo. En vez de ser sencillamente la manifestación de algo a la conciencia, el fenómeno constituye más bien su ocultación”
[9]. El matiz peyorativo del fenómeno al que se refiere Colomer, es consecuencia de una interpretación válida, pero que aún podemos contraponer a otra muy distinta, pues la distinción kantiana entre cosa en sí y fenómeno todavía es muy debatida, la interpretación que subyace a la crítica de Colomer es que podemos entender la relación cosa en sí y fenómeno como una relación causal, como si ambas fuesen dos cosas distintas, y la cosa en sí, fuese causa del fenómeno, sólo así el fenómeno se vuelve una imagen falseada de la cosa en sí, asumiendo que la cosa intuida (fenómeno) y la cosa en sí son diferentes nos lleva a postular que la cosa en sí está ubicada en cualquier otro lugar lejano a nuestra percepción, obviamente fuera del espacio y del tiempo, como si fuese una realidad inespaciada, que yace en un mundo distante, obteniendo así, dos entidades distintas, la primera es la “verdadera” y la segunda una imagen subjetiva y falsa.
Pero si en lugar de considerar la cosa en sí y la cosa intuida, sólo consideramos la cosa intuida (el fenómeno), se deja de plantear el problema de las dos entidades, pues tanto el concepto “cosa”, así como el concepto “causa” sólo puede ser utilizado en el mundo de los fenómenos ,la cosa en sí no puede estar “ubicada” en ninguna parte, ya que lo que no aparece en el tiempo y el espacio no puede ser ni siquiera conceptualizado, ni se puede decir que exista, no podría aparecer jamás ante nuestro entendimiento ya que no está en ningún punto del tiempo y el espacio, si usamos el término “cosa en sí” es tan sólo para marcar el límite de nuestro intelecto por la vía de la negación. Si procedemos según esta interpretación estaremos siendo más fieles a lo que Kant manifiesta en su Crítica de la Razón Pura.
Kant, distingue, por lo tanto, dos significados respecto al noúmeno, uno positivo y uno negativo. En su significado negativo el noúmeno no es un objeto de intuición. En el sentido positivo, noúmeno significa un concepto que puede ser intuido mediante un tipo especial de intuición no sensible, pero esto es contradictorio, pues Kant entiende “intuición” siempre como intuición de lo sensible, “…si entendemos por noúmeno una cosa que no sea objeto de intuición sensible, este noúmeno está tomado en un sentido negativo, ya que hace abstracción de nuestro modo de intuir la cosa. Si, por el contrario, entendemos por noúmeno el objeto de una intuición no sensible, entonces suponemos una clase especial de intuición, a saber, la intelectual. Pero esta clase no es la nuestra, ni podemos siquiera entender su posibilidad. Este sería el noúmeno en sentido positivo”.
[10] Obviamente Kant entiende noúmeno bajo el significado negativo, como objeto que no puede ser intuido pero que marca los límites de la razón, que delimita lo intuido en el espacio y en el tiempo, como aquello que pone límites a lo que puede ser intuido, y por lo tanto, conocido. “Así pues, el concepto de noúmeno no es más que un concepto límite destinado a poner coto a las pretensiones de la sensibilidad. No posee, por tanto, más que una aplicación negativa. Aun así, aun teniendo en cuenta que el noúmeno no puede establecer nada positivo fuera del dominio de la sensibilidad, no se trata de una ficción arbitraria, sino que se halla ligado a la limitación de la misma”.
[11]
Clasificar a los objetos como empíricos y trascendentales, como noúmenos y fenómenos es malentender la cuestión, pues ello implica que el concepto noúmeno ha sido tomado en sentido positivo. “El concepto de noúmeno es, pues, sólo un concepto- límite, para poner coto a la pretensión de la sensibilidad; tiene por tanto, sólo un uso negativo. Pero, sin embargo, no es fingido caprichosamente, sino esta en conexión con la limitación de la sensibilidad, sin poder, sin embargo, asentar nada positivo fuera de la extensión de la misma”
[12].
Para Kant, la doctrina de la sensibilidad es, la doctrina de los noúmenos en sentido negativo. Consiguientemente si quisiéramos aplicar las categorías a objetos no considerados como fenómenos, tendría que ser, como ya dije anteriormente, bajo una intuición distinta a la sensible, pero como dicha intuición, la intelectual, se halla definitivamente lejos de nuestras posibilidades, es un acto imposible, el noúmeno, por donde se le busque, es una entidad inaccesible al entendimiento, ya que ni las categorías y mucho menos, nuestro entendimiento puede extenderse más allá del limite de los objetos de la experiencia, para Kant la existencia es un predicado que surge a partir de la experiencia, es imposible predicar del noúmeno su existencia pues ello implicaría que es un objeto de la experiencia y con ello que es investido por las categorías a priori.
Para poder comprender la doctrina kantiana es necesario prescindir del noúmeno en su aspecto positivo, para Kant, como consecuencia de su planteamiento la división de los objetos en noúmenos y fenómenos, de la misma manera, la idea del mundo en mundo sensible y mundo inteligible, no puede ser admitida, al menos no, en sentido positivo, aunque para Kant si podemos dividir los conceptos en sensibles e intelectuales
[13]. Pero nuestros conceptos del entendimiento, considerados como simples formas del pensamiento para nuestra intuición sensible, no pueden aplicarse en absoluto a esos entes. Así, pues, lo que llamamos nóumeno debe entenderse como tal en un sentido puramente negativo.
El concepto de noúmeno sin embargo, es indispensable, nos hace falta para no extender la intuición sensible a las cosas en sí mismas y, y como consecuencia, el noúmeno en su aspecto negativo nos es útil para limitar la validez objetiva del conocimiento sensible , para Kant las demás cosas a las que no alcanza la intuición sensible reciben el nombre de noúmenos a fin de mostrar precisamente que esos conocimientos no pueden aplicarse a aquello que es objeto explicito del entendimiento, pero cabe señalar que para Kant aquello que esta fuera del terreno de la sensibilidad es un insondable vacio. “Nuestro entendimiento obtiene de esta forma una ampliación negativa. En otras palabras, al llamar noúmenos a las cosas en sí mismas (no consideradas como fenómenos), el entendimiento no es limitado por la sensibilidad, sino que, por el contrario, es él el que limita ésta última”.
[14][1] El Pensamiento Alemán de Kant a Heidegger, pp. 99
[2] Cfr. Ibíd.
[3] Kant, vida y doctrina 103
[4] Prolegómenos 103
[5] Ibíd 105
[6] KrV A375
[7] Prolegómenos 109
[8] Prolegómenos 107
[9] El pensamiento alemán de Kant a Heidegger. 99
[10] KrV B 307
[11] Krv B 311
[12]Cfr. Krv B310
[13] Krv A 256
[14] Krv B 312