La columna de humo negro se levantaba como si quisiera ahogar con su espesor el cielo, las llamas avivadas en su rojo encendido brillaban en la noche a la que hacían ver aún más oscura, las sirenas se ahogaban en su propio grito como en un lamento eterno, y los jóvenes furiosos caminaban por las calles de Londres prendiendo fuego a lo que tuvieran enfrente, arrojando proyectiles sobre ventanales, pateando y lanzando su puño al aire como si el enemigo estuviera allí en frente, como un gigante invisible que les opone resistencia. Esas imágenes se me develaban en 30” en un monitor en donde cabe todo el mundo, al ver todo eso la incredulidad me hizo agudizar el oído, pues no creía que fuera Londres la ciudad que en el televisor veía, no lo creía yo y no lo creían muchos, el primer mundo y su orden se sacudía, y eran los jóvenes quienes una vez más ponían a temblar las estructuras: más de mil detenidos decía el locutor del noticiero, y alrededor de la mitad de ellos aún menores de edad. Pero este suceso no es aislado, lo mismo había sucedido ya unos días atrás en Grecia y en Chile, en España, sin olvidar Túnez, Siria, Libia y el Cairo. Añádase la crisis económica de la economía más grande de América y es como si el mundo se preparara o confabulara para una gran revuelta, como si el desempleo, la crisis económica, los clasicismos, la discriminación, la represión y la migración se pusieran en un coctel mundial o algún tipo de bomba molotov internacional que estallaría de repente, sin aviso.
El rojo de las llamas de los coches que ardían trajo a mi memoria el recuerdo de Jan Palach, el joven de 21 años que se inmolo prendiéndose fuego en el 69 como protesta a la intervención del ejército ruso en Praga ante la ola de manifestaciones que había despertado el mayo francés en todo el globo, protesta pasajera pero que develó una enorme cortina humo, ya que después de mayo del 68 aparece una crisis que pone en duda el prestigio del modelo de la sociedad industrial desarrollada, el movimiento en Francia de 1968 no surgía de una necesidad de reformas políticas, sino era síntoma de una crisis total de la civilización, fue una protesta no surgida de los sindicatos de la clase obrera, sino de los estudiantes universitarios, de una clase media educada, que se revelaba contra el orden patriarcal, poniendo en tela de juicio a todos los valores de aquella sociedad, a las jerarquías, y sobre todo enjuiciando duramente a la generación precedente que no pudo obtener conclusiones significativas de la postguerra y que ahora se avasallaba en una guerra tan innecesaria como lo fue Vietnam. Mayo del 68 no solo fue la protesta de Francia, sino la protesta del mundo: México, Chicago, Berlín, Roma, China, Tokyo, Praga y demás países fueron herederos de ese mayo violento que les exigía a las generaciones anteriores una revaloración moral, que se afirmaba en su ímpetu colérico ante el desencanto de una guerra y los valores tradicionales, el prestigio autoconstruido de la sociedad capitalista e industrial es puesto en duda por los mismos jóvenes que ella ha educado, el Mayo del 68 fue una revuelta que iba más allá de la simple protesta, engloba en sí toda la crisis de la civilización occidental.
Edgar Morin ya había leído estos indicadores mucho tiempo antes en la fiebre juvenil de la contracultura, el rock n’ roll, los conciertos emotivos que muchas veces terminaban en violencia no eran más que la aspiración de la adolescencia que buscaba expresarse mediante la música y su contracultura, la cultura hippie, las drogas químicas, la televisión, todo ello vendría a desembocar en el 68, ese mismo año, Morin cubre una clase en Nanterre, y el mismo relata como al estar parado frente a la clase algunos alumnos comienzan a gritar: ¡Huelga, huelga! A lo cuál Morin les contesta: si quieren ir a huelga sométanlo a votación. Como los alumnos en su mayoría deciden quedarse en clase, Morin prosigue diciendo: pues bien, se dará la clase. Pero los alumnos que apoyaban y gestaban el movimiento estudiantil en el 68 en Francia, sin tomar en consideración los votos de la mayoría, toman posesión de la clase y con ella a la universidad de Nanterre, días después será tomada la Sorbona, y las calles quedaran infestadas de estudiantes que enfrentaron cara a cara la opresión del poder.
Cuando Edgar Morin llega a california en el 69, se empapa de los movimientos contraculturales californianos, ante él, una nueva cultura juvenil se despliega: los hippies, la liberación sexual, el rock n’ roll, en conjunto, todo ello era una manifestación de la voluntad jovial en busca de autonomía en la sociedad a través de una cultura propia. La adolescencia, que se encuentra entre el punto medio de la infancia y la integración social a la esfera del deber expresaba una aspiración profunda en evidente contradicción al proceso de integración en la sociedad que se les proponía, reusándose así a la domesticación del mundo racional adulto. La juventud del país más rico del mundo, los hijos de familias extremadamente prósperas en una economía floreciente abandonaban la casa paterna para llevar una vida comunitaria, con una aspiración a la liberación, a desligarse de las ataduras del poder y la razón, la destrucción de los convencionalismos y la conciencia de que la vida que llevaban sus padres en la que se prioriza el comfort, no era suficiente para lograr la felicidad.
El brío contestatario de la juventud se percata de que el desarrollo lleva a la humanidad a la barbarie, de que el mundo de las ganancias fagocita el espíritu, y que es necesario una reivindicación de las jerarquías, un cambio al sentido instaurado por un orden racional que ha ellos nunca convenció y en el que nunca encajaron, todo esto se resumía en una frase que para la juventud hippie del 68 se definía así: six words, turn on, turn in, drop out, déjalo todo, abandona los estudios, la universidad, la autoridad, las jerarquías, esta era una clara manifestación en contra del sentido de una cultura racional impuesta, un mercado floreciente y una confianza ciega en el orden establecido, todo era prospero, todo tenía un orden, todo tenía un sentido, pero esta juventud se afanaba en la negación de todo ello, primero la negación fue física, a los trajes discretos, los coches sobrios, el trabajo racional, los zapatos limpios, el cabello bien peinado, la juventud se opuso con el color, el cabello largo sin peinar, la ropa sucia y los coches rimbombantes, después el cambio no sólo fue físico sino de actitud, pero, ¿Cuál era el motivo de tal rebelión, qué era aquello que motivaba a esos jóvenes del 68 a salir a las calles en miras a un cambio? La respuesta es el desencanto a la razón, el reto al orden y con ello al poder, Ni los hippies de Estados Unidos ni los jóvenes franceses anhelaban una restitución del poder, no había un líder político, ni un partido que los representara, era el puro bullicio de la rebeldía, de la inconformidad de la juventud, una lucha declarada al poder y al orden racional de una sociedad cómoda pero unilateral, sin lugar para ellos.
En un mundo donde el poder se justifica a sí mismo como lo racional, el poder se convierte en un sistema unilateral, en donde la interpretación que prevalece es la misma que el poder ha creado, el poder que se justifica en la racionalidad, margina, excluye y condena, así de la razón se excluye la locura, de la salud, la enfermedad, de comprender únicamente la parte se termina excluyendo el todo, del orden se excluye el caos. El poder es el territorio de lo que se considera racional, lo que entra en el orden establecido, lo que está libre de contradicciones, lo prospero. Ningún poder se devela a sí mismo como irracional pues en ese momento deja de ser poder. Lo no racional, el caos, es lo excluido, lo relegado, lo aborrecido, es aquello que permanece en el silencio, lo que para una cultura es a la vez interior y extraño, y debe, por ello, excluirse para encerrarlo y reducirlo al anonimato y la alteridad. Lo no racional, el caos, lo no sistematizado es lo que escapa del poder, lo que por ser distinto se hace a un lado. Las sociedades llegan a la determinación de "lo racional y lo irracional" mediante exclusiones, entre razón y sinrazón se excluye a esta última, entre salud y enfermedad se relega a la enfermedad, entre el que cumple y el que infringe la ley se expulsa al infractor, pero tales discursos se instauran siempre desde la razón, desde la ley, y desde la salud, mientras que "lo otro, lo caótico, lo irracional, lo no sistematizado" se capta en lo rechazado, como lo impensado de la cultura. La razón fue para los griegos la herencia más grande que podrían haber heredado a occidente, y ciertamente así lo fue, pero la razón también es una devoradora, sobre todo si se absolutiza sobre cualquier otra cosa, la razón es justificante de muchas cosas, pero es también la herramienta más útil del poder, el poder para justificarse como poder encontró su mejor aliado en la razón utilitarista, en la razón que busca comprender para dominar y después someter, el poder es sinónimo de sistema racional, la razón que prevalece es la del poderoso, el poder margina, ordena, observa, jerarquiza, establece, divide, clasifica, etiqueta del mismo modo en que lo hace la razón tradicional, un golpe certero a este tipo de razón intrínsecamente dividida significara también un golpe directo a las estructuras del poder, las representaciones tradicionales del hombre han contribuido a que nosotros mismos como especie vivamos parcelados, fragmentados, privándonos de nuestra riqueza multidimensional, una razón que respete la pluralidad en todas sus dimensiones, dará como resultado al poder que integra, que no discrimina ni divide, sino que se vuelve dialógico y que es capaz de dejar flotar a los contrarios que se complementan y se combaten en un mismo escenario.
Si algo motivaba a los jóvenes ingleses que salieron a las calles a manifestarse provocando el caos, es eso mismo que hizo que miles de jóvenes franceses salieran a las calles a exigir una restitución moral, es lo mismo que motivo a que miles de jóvenes estadounidenses de clase media y alta abandonaran la comodidad de la familia, los estudios y el confort para vivir en la clandestinidad de la contracultura. Es el afán de transgredir el poder y con ello a la razón, la crisis de la civilización es la crisis de la racionalidad, al menos como la conocemos hasta ahora, de una racionalidad utilitarista, segmentaria, unilateral y totalitarista. La principal herramienta de estos jóvenes fue el caos y lo que muchos llamarían locura, ambos antónimos de la razón, y llegaron a comprender que si bien estamos todos perdidos en el gigantesco universo y destinados al sufrimiento y a la muerte, no nos queda más que ser hermanos.
Jorge Alejandro Espinosa















